Las cuestiones que nos van marcando con más intensidad no son aquellas grandilocuentes o que podamos considerar importantes, dígase metas, objetivos, sueños o aspiraciones, o dificultades claramente detectables: falta de trabajo, desamores, rupturas, depresiones… Son otras más indetectables, que parecen pasar ni pena ni gloria pero que tal vez hagan un socabón importante, no solo en nuestra mente sino también en nuestro cuerpo.
A qué podemos referirnos, pues ni más ni menos que a la rutina diaria, a aquellas actividades que nos van adormeciendo y hacemos casi sin pensar, por obligación o de forma resignada como si no tuviéramos otro remedio. Atender a la familia, las labores domésticas, el rol que cada cual asumimos o consensuamos aceptar, es algo que una vez aprendido, desarrollamos sin pensar ni sentir, es algo así como la zona de confort, que sin apenas interés o emoción podemos cumplir con mejor o peor humor y que salvo que seamos personas desastrosas o poco organizadas más o menos podremos solventar con la eficacia que se espera.
Es importante que cualquier tarea por nimia que sea aprendamos a realizarla con interés, dedicándole atención, procurando que aunque sea repetitiva la ejecutemos aportando valor, intentando ver otras formas de llegar al mismo resultado, porque así tal vez la realicemos en menos tiempo e incluso la disfrutemos. Si algo nos cuesta hacer porque no nos gusta o porque lo consideramos que no va con nosotros de momento ya lo afrontamos como algo negativo y tedioso, nuestra actitud no es la mejor y por eso se nos hace insoportablemente pesada.

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