Pues sí, vamos a reflexionar sobre algo que parece una tontería pero que a todas las personas nos lleva un poquito de cabeza. En especial cuando alguien nos sugiere que respetemos tal o cual norma, porque al parecer nos la hemos saltado.
Rápidamente, nos sale el demonio interior y nos ponemos a la defensiva , justificándonos si es posible o, lo que es peor, argumentando que el que nos está «poniendo el dedo en la llaga» tampoco «va manco» y hace esto o aquello también mal según esa u otra norma que con rapidez acude a nuestra memoria.
Las normas están para respetarlas dirían los religiosos de diferentes religiones o aún los poderes públicos que no pasa un día sin «inventar» o «sacarse de la manga» alguna normativa nueva que regule esta o aquella faceta humana.
A la naturaleza no parece que le ayudemos con tanta norma que procura que la respetemos o la cuidemos. Se diría que incluso es peor editar una norma, porque al ser humano parece gustarle trasgredirlas. Es como si nos gustase vivir al límite, el hecho de que puedan multarnos o sancionarnos con una determinada pena nos causa una especie de «morbo» que llega incluso a satisfacernos cuando no nos pillan o vamos de incógnito.
No hacer fuego en el monte, no fumar, respetar los límites de velocidad, o algo tan simple como recoger los excrementos de nuestros animales al pasear por las calles, se ve totalmente obviado por el hecho de que no nos vea nadie. Revisemos lo que ocurre cuando conducimos por encima de los límites de velocidad y de repente vemos a un coche de policía o avistamos un radar.
Deberíamos de actuar siempre como si el legislador estuviera viéndonos, o si nos resulta mejor, como si nuestros «dioses» (si somos creyentes) estuvieran observándonos sin posibilidad de confesarnos posteriormente para seguir pecando más tarde con total impunidad. ¡Qué decir de la corrupción! La clase política o aún mejor aquellas personas que tienen un puesto que pueda permitirles ciertos «desmanes o malversaciones» sin que nadie les llame la atención, y si así fuera tendríamos que compartir o «untar» parte de nuestros desmanes para seguir haciendo lo mismo.
Nadie queda ajeno a la posibilidad de engañar, de no ser honrado, y aún más cuando nadie nos ve o nuestro rastro jamás va a ser descubierto. Imaginemos una caja de dinero donde se va recogiendo algo cada día y nadie lleva control, si cogemos un poquito nadie se enterará y máximo porque no debemos dar cuentas a nadie, salvo a nuestra conciencia, claro está.
O ese asistente de la tienda, que al finalizar la jornada, se lleva algo de lo que vende sin que el jefe se entere. O ese funcionario que no es necesario que compre folios o bolígrafos porque los tiene de sobra en el trabajo, o ese conserje que puede hacer unas cuantas copias para su uso personal y ahorrarse unos euros. En fin dejaré que los ejemplos los ponga cada cual porque seguro que los encontraremos sin ningún esfuerzo imaginativo.
O aún peor aquella persona que haciendo uso de su superioridad en algún sentido extorsiona y se aprovecha de otra persona, chantajeando u obligando a actuar de una forma determinada para conseguir tal o cual puesto de trabajo, pasar determinada prueba o examen, o simplemente porque de su decisión podría depender que en su casa pudieran comer.
La verdad es que por muchas normas que en una sociedad se puedan poner para que todo funcione de la mejor forma posible; la justicia, cuando llega el momento de actuar, no es ciega y se fija mucho en quién ha de ser juzgado, y el «poder» (económico, político, público, etc.) que pueda tener, por eso vemos sentencias injustas que absuelven a criminales con buenos abogados, políticos con mucho poder… y se ceban con las personas de pocos recursos.
O esas personas «religiosas» o «iluminadas» del tres al cuarto que no cesan de «meter el dedo en la llaga» de sus fieles pero que disculpan y justifican sus desmanes o errores, como si estuvieran por encima del bien y del mal. Tenemos dos reglas de medir, la que empleo con los demás, que es justiciera y no deja paso al sentimentalismo y la que uso para mí y las personas de mi entorno que me interesan, que suele disculparlo todo y más si fuera necesario.
La honestidad y la propia conciencia son las únicas normas válidas que debemos de respetar siempre, sin engañarnos, sin justificar nada, sin fijarnos en lo que otras personas puedan hacer o dejar de realizar. Ahí es donde debemos ser valientes y mirar las propias debilidades, en definitiva: dejar de «mirar la paja en el ojo ajeno y empezar a ver la viga en el nuestro».
Francisco Muñoz Blanqué
3-marzo-2017
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